Mascarada navideña

Sí, lo reconozco: estuve enganchado a los videojuegos creando arqueros, lanceros, espadachines; haciendo casas y talleres de arcos, de lanzas, de espadas y corazas, etc. Di órdenes de atacar o de replegarse; elegí dónde poner las catapultas y los soldados. Sin descuidar, por supuesto, los suministros de comida, de ropa, de mineral, etc. Conquisté territorios en una lucha a muerte frente a otros reyes con otros ejércitos después de años de batallas ―eran enemigos porque no cesaban de intentar invadir por la fuerza mi territorio, así que tuve que ir a por ellos― y tuve que organizar los países conquistados para evitar que otros reyes los invadieran.

En lo más cruento de la batalla sufría al oír los alaridos de mis soldados heridos. A veces, de cien soldados solo quedaban una docena tras la batalla, todos heridos y algunos de gravedad; pero entonces podía repoblar el territorio ganado y aprovechar sus riquezas en agricultura, ganadería, madera y minerales. En los tiempos de cierta seguridad militar podía organizar eventos lúdicos o religiosos para que la población estuviera contenta.

También estuve enganchado a videojuegos de tirador en primera persona: tenía el punto de mira de mi arma en la pantalla, y, moviendo el mando del videojuego, podía apuntar a los enemigos que aparecieran. En el mando había botones con los que podía andar o esprintar en cualquier dirección, saltar o tirarme cuerpo a tierra; así avanzaba frente al enemigo en escenarios muy distintos: urbanos, desérticos, selváticos, etc. Podía disparar, lanzar granadas, y manejar multitud de armas; a veces tenía que pilotar un carro de combate, otras pilotaba un avión caza.

Ahora que llega la Navidad, estoy tentado de retomar alguno de aquellos videojuegos. Últimamente, siempre que llegan estas fechas estoy tentado de sumergirme en esas fantasías, como si necesitara huir del mundo real. Pienso que se debe en buena medida a los anuncios navideños impregnados de su ternura cursi. ¡Oh!, ¡son las fechas del reencuentro!, ¡del amor fraterno!; ¡pero me suena todo tan falso!, como si todo el mudo se pusiera en estas fechas la careta de Navidad; ¡sí!, ¡la careta de Navidad! Y el poder que tiene la televisión es tan grande, y reiteran la mascarada tanto que reconozco que algo sí que me afecta. No obstante, ahora que vivo más en contacto con la naturaleza, veo sentido a celebrar el solsticio de invierno, momento en que los días empiezan a ser más largos; ahí sí que siento motivo de celebración, pero con los seres cercanos que comparten mi existencia: mis dos perros, algunos profesionales con los que tengo una relación comercial, y mis lectores de internet.

¡Feliz Navidad!

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