Campo gravitacional

Campo gravitacional

Recuerdo, en mi postadolescencia, los primeros días de la temporada de piscina, el impacto que tenían en mí las jóvenes en bikini; era como si tuvieran un campo gravitatorio del que no podía escapar, captando mi atención inexorablente; tenía que disimular, para no quedarme embobado mirándolas, dando a entender que como si nada. Después, al final de temporada, podían pasar delante de mí sin desviar lo más mínimo mi atención; eran las mismas jóvenes con los mismos bikinis, pero ni me inmutaba y ya no tenía que disimular.

Llegué a pensar si el cambio experimentado podía deberse a un fenómeno propio de las mujeres, que almacenaban un campo gravitacional de atracción mientras llevaban ropa y que afloraba cuando se la quitaban e iban perdiéndolo lentamente con el paso del tiempo; porque —te lo juro— yo no había hecho nada para experimentar ese cambio. Inmediatamente, claro está, siempre llegaba a la conclusión de que era yo el que me había acostumbrado; pero el cambio del primer al último día era tan radical que siempre me quedaba duda de si había algo de la teoría del campo gravitacional.

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