Proyecto I

Rayo

Estábamos caminando por el sur de la ciudad, cuando se nos acercó un tipo peculiar. No teníamos nada que objetar; su pinta, poco ortodoxa, tenía un algo de atractivo; emanaba un aire enigmático —cerrarle completamente la puerta era algo así como dar la posibilidad de perdernos algo que pudiera ser interesante—, cuando, en el momento que se paró frente a nosotros, sonó un trueno tan impresionante que mi cuerpo se estremeció —tan absorto me quedé, que por un instante sólo estábamos en el mundo el tipo, yo y mi corazón acelerado—. El personaje ni se inmutó y, por un momento, pensé que era un aviso con el que el tipo estaba relacionado. Era un pensamiento totalmente irracional, por supuesto; pero justamente en el instante en que se había acercado, estalló el trueno y mi corazón subió de golpe veinte pulsaciones por segundo. Además, rechazarlo era como eludir el destino, como meter la cabeza debajo del ala; por lo que no quedaba más remedio que mirar atentamente al personaje y ver qué quería. El tipo sonreía abiertamente, no sé si por el susto que me di, o simplemente porque era parte de su estrategia. Nos ofreció alojamiento, lo más interesante que había en la zona, decía, con vistas a una parte del puerto y del casco viejo.

Le dije a Javier, mi compañero de viaje: “Con esta potencia de entrada no nos queda otra alternativa”. Javier, quien no sé si llegó a asustarse, asintió con una seguridad que pocas veces le había visto, lo que aumentó mis dudas.

Efectivamente, las habitaciones daban a una parte del puerto y del casco viejo; era justo lo que estábamos buscando, algo que fuera digno, pero no muy caro; es más, nos pareció que el precio estaba muy bien. Nos congratulamos de nuestra suerte, y decidimos celebrarlo con una noche divertida, un paseo para conocer la ciudad, unas copas, y quién sabe lo que la noche podía dar de sí.

Le comenté a Javier lo del trueno, y estuvo haciéndome bromas durante un buen rato, pero no nos quedaba mucho tiempo. La tarde pasaba en un tempo especial, en la parte de puerto que veíamos, la actividad era continua: cuerpos fuertes manejaban cargas pesadas con ligereza, animales traían y llevaban fardos grandes, a la vez que maquinaria moderna trasegaba incesantemente; todo con un tráfico armonioso, sin interacciones; daba gusto ver los elefantes pasar entre camiones, mulas entre carretillas mecánicas, carros de vacas al lado de coches envidiables. Además, llamaba la atención los rostros de la gente, parecía como si todos participaran de la misma fiesta en igualdad de condiciones; la atmósfera allí parecía limpia, ligera, casi espiritual. Sin embargo, el casco viejo que estaba al lado, estaba cubierto de un vaho que lo ocultaba en parte; no podíamos ver la gente por la calle, sólo el contorno borroso de los edificios; pero estos eran muy sugerentes, parecía como si todo estuviera allí, intuía templos de todas las religiones, pero no estaba seguro; además, alrededor de cada supuesto templo, el vaho tenía un matiz que se difuminaba al alejarse, hasta convertirse completamente en otro tono perteneciente a otro submundo, a otro templo, en una transición suave, cómplice.

Nunca había tenido ese cúmulo de sensaciones en un mismo lugar; sin embargo, Javier se comportaba como si todo fuera normal, como si estuviéramos en cualquier otra ciudad nueva. No observaba nada especial; interpretaba el vaho como algo natural de aquellas tierras, y no le impresionó especialmente el trajín del puerto.

(…)

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