Riscos

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Puta, acababa de llamarla y, sin embargo, casi no la había molestado. Estaba tan llena de sensaciones que casi no le cabía una más. Nunca había sentido así, su cerebro parecía transportado a otro estado; más que su cerebro, todo su ser era transportado: tocaba el cielo y la tierra a la vez, abarcando el espacio intermedio; así de grande se sentía. Por eso, en aquel momento, no se lo tomaba como un insulto; antes al contrario, le servía para enriquecerse con una faceta más, con una sensación más, aunque muy pequeña comparada con su estado espiritual.

Por su parte, no se lo había dicho con intención especial, solo era un juego más del momento; lo había hecho por pura diversión, a sabiendas del riesgo a que se exponía; y no porque ella no le importara; al revés, ella era fuente de su inspiración, una fuente inmensa, poderosa, revitalizante, encantadora. Tanto le importaba que estaba dispuesto a arriesgar al límite por ella, incluso a él mismo, a ella misma, a la propia situación, a la propia inspiración; y cuanto más arriesgaba más inspiración alcanzaba, más espacio ocupaba y más libre se sentía. Además, no podía dejar de venerarla desde lo más profundo de su ser. Ella le había revelado una parte de sí mismo que hasta entonces le era desconocida; de hecho, esa parte no era de él sino de ella, y él era sólo un vehículo en el que se manifestaba, sorprendiéndolo muchas veces con nuevos pensamientos, nuevas inquietudes y, sobre todo, nuevas sensaciones. La veneraba tanto que por ella podía apagar el fuego solo con el frío de su ser, y luego encenderlo con el calor de su corazón. Se sentía poderoso de cosas casi sobrenaturales, y, aun con el paso de los años, nunca dudó de que era capaz de realizarlas.

Todavía no se había repuesto, cuando se vieron inmersos en un río de piedras que avanzaban contra ellos incesantemente. Las había de todos tamaños, algunas eran casi tan grandes como ellos mismos; pero, milagrosamente, no tenían que apartarse para esquivarlas; de hecho, ni siquiera lo habían intentado. Estaban impresionados por las circunstancias, pero no tenían miedo, la complicidad tácita que sentían les daba tanto ánimo como para seguir sin esfuerzo. Por un momento, ella volvió la cabeza, y al verlo se estremeció; evidentemente estaba enamorada.

Él, por su parte, tanto había arriesgado que casi la había perdido; a decir verdad, solo sabía que estaba allí porque, de vez en cuando, en la lejanía, veía su cara entre las enormes peñas, pero se sentía incapaz de acercarse a ella; es más, ni siquiera lo había intentado, ni tenía intención de hacerlo; temía que, al hacerlo, se esfumara el hechizo y todo quedase en un pasado en la memoria frente a un presente incongruente con todo lo anterior. Por eso, debía seguir siendo fiel a la verdad de su propia existencia que le dictaba inexorablemente su destino. Había aprendido lo etérea que es la realidad, supeditada a las circunstancias externas, tan variables; y sobre todo supeditada a su propia subjetividad. El hilo de su destino lo llevaba, con plena conciencia del viaje que hacía, a verla precisamente en su conciencia, y, ahí, a sentirla en su corazón, siendo capaz de apreciar la sutileza de su ser, la textura de su alma, pudiendo adivinar los paisajes de su cuerpo. ¡Uhmmm!, que placer sentía recorriendo sus senderos, atravesando sus llanuras o saltando intrépidamente entre sus divertidos riscos. El aroma de sus mañanas tenía una frescura con matices silvestres que le despejaban sus sentidos hasta límites inimaginables; sus atardeceres eran de una calidez suave, teñida de fragancias poderosas que se mostraban tenuemente; en su noche, las estrellas fulguraban intensamente en el cielo, y en la tierra sucedían vertiginosamente acontecimientos mayestáticos con una limpieza cual si no pasara nada: a lo lejos se oía la muerte en la voz de los lobos que aullaban de tal forma que sobrecogían el ánimo; dentro, en su casa todo estaba puesto de manera que, aunque normal, tenía un algo indescriptible; en los alrededores se oía el rumor de las hojas del bosque y de los saltos de agua; y, a veces, tenía la sensación de ser lanzado a velocidades de vértigo a países lejanos, encontrándose de repente en situaciones inverosímiles en las que, para divertimento de su alma, aparecía siempre ella, caracterizada en un personaje diferente cada vez.

Una vez se vio en la Edad Media en una gran sala, en una especie de junta de gobierno en la que era evidente que se dilucidaban cosas muy serias. En el curso de media hora tuvo que deducir, a juzgar por lo que allí se trataba, que estaban discutiendo la heredad por la que pugnaban tres señores, uno de los cuales era él. Tuvo que argumentar su defensa en base de los datos que había oído a los otros dos. Y estaba dirigiéndose a la sala cuando la vio entre las damas de la reina; por décimas de segundo se traspuso, pero era evidente que en aquella situación no guardaban relación, aunque le pareció que ella sabía el trance por el que estaba pasando. Por fortuna resultó ganador, y uno de los premios era escoger dama de entre las doncellas del servicio de la reina; la eligió, y entonces se dio cuenta de que era un desconocido para ella. Posteriormente descubrió que la sala estaba en un castillo construido sobre un risco de paredes escarpadas unos cien metros, y que a los perdedores los arrojaban al vacío por una puerta trasera; todo ello contribuyó a magnificar sus sensaciones.

Pasó largo tiempo imbuido de esas experiencias, encontrándola en los lugares más inesperados, manteniendo con ella esa maravillosa relación, y descubriendo alcobas de su ser hasta entonces inexploradas, decoradas con ese encanto que sólo ella sabía darle. Hasta que se dio cuenta que había caído en las redes del espejo, tiñendo su hermosura de esa grosería que podía detectar a mucha distancia; automáticamente la vio como un ser incompatible en su corazón; sí, seguía reconociéndole todos sus encantos, superiores a los de las demás, pero comprendió que se había interpuesto una barrera invisible entre ellos, y creyó que su relación era imposible, por lo que no tuvo que hacer ningún esfuerzo para que, con la misma diligencia que había entrado, saliera de su corazón.

El vacío que le dejó estaba mitigado casi en su totalidad por los cambios que se habían producido en su vida. Sin haber hecho ningún esfuerzo, su alma se había enriquecido no solo durante el tiempo en el que estuvo sometido a aquella fiebre, sino también cuando se liberó por fin de la esclavitud del enamoramiento; aquella pasión que le surgía de lo más profundo y velaba, a pesar de él, su razón. Era tal su turbación que se sentía otro, se volvía torpe, vulnerable, un poco bobalicón frente a los usos sociales; era algo que no podía evitar y que siempre le había sucedido cuando veía una mujer que le gustaba de verdad, por lo que nunca había tenido éxito con sus verdaderos amores. Esta vez no había estado dispuesto a dar lugar al fracaso, había asumido ese trastorno de personalidad como si fuera una enfermedad y prefirió vivir su volubilidad, su ingenuidad y sus instintos como algo solo suyo, siendo espectador de dichos cambios, padeciéndolos o gozándolos, asumiendo sin temor su propio destino. Había comprendido que ella, a su vez, también era solo un instrumento que el azar había puesto en su existencia para su propio deleite, y se lo agradeció a Dios por ello, pero estaba claro que en nada de lo sucedido había intervenido tampoco la voluntad de ella. La relación había sido tan pura que no había estado sometida a sus deseos, ahí radicaba en parte su belleza, en sentirse invadido por sensaciones más allá de sí mismo, en sentirse sujeto a la volubilidad de lo etéreo, de lo inmaterial, de aquello que se escapa totalmente al dominio. Tanto había sentido, había experimentado unos cambios tan profundos, vertiginosos y embriagadores, que daba pleitesía ante ellos. Había visto en esas sensaciones la fuerza primigenia de la naturaleza, intuyendo la magnitud de dichos poderes, y le pareció casi una profanación tratar de intervenir ante energías tan descomunales y a la vez tan sutiles; no había proporción entre lo limitado de sus capacidades humanas de hacer y la infinitud de la naturaleza divina de lo que había sentido, lo único que había podido hacer en esa situación era experimentar, y a fe que lo había hecho.

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