Lobo

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Me sobresalté al pensar que el espíritu del lobo se había instalado en mí. Me vino a la memoria la novela “Metamorfosis” de Kafka en la que un comerciante se convierte en un insecto; la diferencia con la transformación en la novela es que mi cuerpo no ha experimentado ninguna variación, sino que es mi espíritu el que se ha modificado. Es cierto que la invasión espiritual sufrida no ha supuesto un desplazamiento y suplantación de mi alma humana, sino que ha sido algo que ha venido a sumarse a mi estado psíquico, coexistiendo ambos espíritus en mí, lo cual me tranquiliza mucho; no obstante, me inquieta la idea de que solo sea un principio, y que el espíritu del lobo vaya apoderándose paulatinamente de todo mi ser.

 

Se cuentan leyendas que han ocurrido cerca de donde vivo: una casa aislada, en el medio rural, donde todavía habitan lobos en las cercanías. Hace cinco años que me he mudado, huyendo de la miseria espiritual de la ciudad; empecé a cultivar un huerto, adquirí unas gallinas para que pusieran huevos, y quise tener mi primer perro, cosa que nunca hice en la ciudad por consideración al animal.

Fui a la perrera provincial para adoptar y, estando observando un cerrado donde había cuatro perros, uno de ellos no paraba de ladrarme vehementemente, por lo que, harto de su insistencia, le hice la señal de silencio que se ve en los carteles de los centros de salud, donde una enfermera pone su dedo índice verticalmente sobre sus labios. Instantáneamente, un perro que estaba enroscado en el fondo se levantó y, mediante gruñidos y gestos amenazadores, acallo los ladridos del ruidoso perro; seguidamente, se acercó donde yo estaba y así pude acariciar su cabecita metiendo los dedos por los huecos de la valla; después, el animal volvió a enroscarse en el fondo del cerrado. Aquello fue suficiente para no tener que buscar más; me cautivó muchísimo el hecho de que aquel perro comprendiera el significado del gesto de silencio —dedo índice vertical sobre los labios— y, a su vez, estuviera dispuesto a hacer lo necesario para que se cumplieran mis deseos. Resultó ser una perra que más adelante evidenció un comportamiento a veces extraño.

Al cabo de unos tres años, adopté un cachorro de tres semanas de vida; estaba junto con dos de sus hermanos en una bandeja que una joven sostenía en la calle; los donaba por no poder atenderlos. Enseguida, el animal empezó a tener comportamientos de un lobo alfa: teniendo apenas unos dos meses, al jugar con la perra, lo único que hacía era tratar de morderla en el cuello; su insistencia en esa acción me impresionó y todavía lo recuerdo como un hecho significativo. Posteriormente, quizá con un año de vida, empezó a marcarme posesión sobre la perra que, no obstante, estaba castrada: cuando entraba en su recinto, me gruñía, chasqueaba los dientes y saltaba alrededor de mí, acechándome, buscando mi descuido y retándome a pelear; sus ojos al mirarme eran puro fuego. Me mosqueaba bastante porque, sin ser un perro muy grande, es muy poderoso, tiene un sistema psicomotriz más cerca de los felinos que de los perros, una fuerza descomunal y verdadero arrojo. Una vez, estando sentado en su recinto, dio un salto y noté el chasquido al cerrar su mandíbula a unos cuatro dedos de mí; creo que gracias a que tuve el acto reflejo de apartar un poco la cabeza hacia atrás no llegó a mi nariz, pero la sensación fue impresionante.

Tengo que decir que cuando lo traje, lo puse a dormir en el suelo de madera al lado de mi cama; y como lloraba al echar en falta sus hermanos de camada, lo subí a mi cama poniéndolo a mi costado; ahí dejó de llorar al sentir el movimiento acompasado de mi respiración; así nos dormíamos los dos; a la cuarta noche, cuando dejó de llorar al ponerlo en el suelo, ya no lo subí a la cama. Pienso que quizá por haber dormido tan juntos, nunca sentí que el animal me retara en una lucha a muerte, sino que percibía que quería medirse conmigo para determinar su estatus, como cuando dos lobos se descargan su agresividad sin causarse heridas, o como cuando dos humanos suben a un ring para saber quién gana, pero dándose un abrazo sincero al acabar la pelea.

Anteayer me enteré de un refrán que viene a decir que cuando dos duermen en el mismo lecho se vuelven de la misma condición; también leí que, en distintas partes del mundo, varios psicólogos llegaron a la conclusión de que al igual que el amo transfiere a su perro su personalidad lo mismo sucede a la inversa; lo que confirma mi pensamiento de que, cuando el perro lobo y yo dormimos costado con costado, hubo un trasvase de personalidades: el lobo se humanizó, pero me transfirió su vena salvaje. Lo cierto es que el perro lobo dejó por completo de mostrarme agresividad, se comporta bien con los humanos y otros perros, es muy afectuoso y nos queremos mucho; de hecho, cuando algún perro lo ataca, no devuelve la agresión sino que la esquiva porque sabe que no quiero que agreda; pero, a cambió, siento que su espíritu salvaje ha anidado en mí, permaneciendo en estado latente; abrigo la esperanza de que no se manifieste.

(Continuará)

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